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viernes, 20 de junio de 2014
miércoles, 20 de marzo de 2013
Homilía del Papa Francisco en la Misa del Inicio de su pontificado en la Solemnidad de San José
Homilía del Papa Francisco en la Misa del Inicio del Ministerio Petrino del Obispo de Roma, en la Solemnidad de San José
Texto y audio de la homilía de Francisco completo (Audio)
Texto y audio de la homilía de Francisco completo (Audio)
Queridos hermanos y hermanas
Doy
gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del
ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen
María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de
significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le
estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.
Saludo
con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros,
diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco
por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y
Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad
judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los
Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos
países del mundo y al Cuerpo Diplomático.
Hemos escuchado en
el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y
recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la la
misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de
quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la
Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó
amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de
Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de
la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris
Custos, 1).
¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción,
con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una
fidelidad total, aún cuando no comprende. Desde su matrimonio con María
hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años,
acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su
esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en
el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del
parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa
búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la
casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús
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