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viernes, 20 de junio de 2014
sábado, 22 de febrero de 2014
Francisco creó 19 nuevos Cardenales entre ellos nuestro Arzobispo de Buenos Aires Mons Mario Aurelio Poli
(click en las fotos para agrandar)
2014-02-22 Radio Vaticana (RV).- Ante la presencia de Benedicto XVI, en la Basílica Vaticana, en esta fiesta de la Cátedra de San Pedro, el Papa Francisco presidió el primer Consistorio ordinario público de su pontificado, para la creación de 19 nuevos Cardenales, la imposición de la birreta, la entrega del anillo y la asignación del título o diaconía.
En su intensa alocución el Papa Bergoglio destacó que también en este momento Jesús camina delante de nosotros y recordó la primera Misa con los purpurados después de su elección pontificia, con las palabras del Señor: caminar, construir, confesar. Sin olvidar la importancia de que Jesús no vino a enseñar una filosofía o ideología, sino un camino – el de la Cruz - , el Obispo de Roma hizo hincapié en la pasión, muerte y resurrección del Señor. Y alentando a dejarnos convocar por nuestro único Maestro, el Santo Padre indicó lo que la Iglesia necesita: colaboración, comunión, valentía para anunciar el Evangelio, testimonio y oración. Y rogando e invitando a rezar por la paz, en particular en este momento de dolor y de sufrimiento en tantos países del mundo, el Papa Francisco recordó a las comunidades eclesiales y a los cristianos que padecen discriminaciones y persecuciones. (CdM - RV)
Texto completo de la homilía del Santo Padre Francisco:
«Y Jesús iba delante de ellos...» (Mc 10, 32)
También en este momento Jesús camina delante de nosotros. Él siempre está delante de nosotros. Él nos precede y nos abre el camino... Y ésta es nuestra confianza y nuestra alegría: ser discípulos suyos, estar con él, caminar detrás de él, seguirlo...
Cuando con los cardenales hemos concelebrado juntos la primera Misa en la Capilla Sixtina, «caminar» ha sido la primera palabra que el Señor nos ha propuesto: caminar, y después construir y confesar.
Hoy vuelve esta palabra, pero como un acto, como una acción de Jesús que continúa: «Jesús caminaba...». Nos llama la atención esto en los evangelios: Jesús camina mucho e instruye a los suyos a lo largo del camino. Esto es importante. Jesús no ha venido a enseñar una filosofía, una ideología..., sino un «camino», una senda para recorrerla con él, y la senda se aprende haciéndola, caminando. Sí, queridos hermanos, esta es nuestra alegría: caminar con Jesús.
Y esto no es fácil, no es cómodo, porque la senda que Jesús elije es el camino de la cruz. Mientras van de camino, él habla a sus discípulos de lo que le sucederá en Jerusalén: anuncia su pasión, muerte y resurrección. Y ellos se quedan «sorprendidos» y «asustados». Sorprendidos, ciertamente, porque para ellos subir a Jerusalén significaba participar en el triunfo del Mesías, en su victoria, como se ve luego en la petición de Santiago y Juan; y asustados por lo que Jesús habría tenido que sufrir, y que también ellos corrían el riesgo de padecer.
A diferencia de los discípulos de entonces, nosotros sabemos que Jesús ha vencido, y no deberíamos tener miedo de la cruz, aún más, en la Cruz tenemos nuestra esperanza. No obstante, también nosotros somos humanos, pecadores, y estamos expuestos a la tentación de pensar según el modo de los hombres y no de Dios.
Y cuando se piensa de modo mundano, ¿cuál es la consecuencia? Dice el Evangelio: «Los otros diez se indignaron contra Santiago y Juan» (v. 41). Ellos se indignaron. Si prevalece la mentalidad del mundo, surgen las rivalidades, las envidias, los bandos...
Así pues, esta palabra que hoy nos dirige el Señor es muy saludable. Nos purifica interiormente, ilumina nuestra conciencia y nos ayuda a ponernos en plena sintonía con Jesús, y a hacerlo juntos, en el momento en que el Colegio de Cardenales se incrementa con el ingreso de nuevos miembros.
«Llamándolos Jesús a sí...» (Mc 10, 42). He aquí el otro gesto del Señor. Durante el camino, se da cuenta de que necesita hablar a los Doce, se detiene y los llama a sí. Hermanos, dejemos que el Señor Jesús nos llame a sí. Dejémonos con-vocar por él. Y escuchémosle con la alegría de acoger juntos su palabra, de dejarnos enseñar por ella y por el Espíritu Santo, para ser cada vez más un solo corazón y una sola alma alrededor de él.
Y mientras estamos así, convocados, «llamados a sí» por nuestro único Maestro, también yo les digo lo que la Iglesia necesita: tiene necesidad de ustedes, de su colaboración y, por encima de todo, de su comunión, conmigo y entre ustedes. La Iglesia necesita su valor para anunciar el Evangelio en toda ocasión, oportuna e inoportunamente, y para dar testimonio de la verdad. La Iglesia necesita sus oraciones, - ¡no lo olvidemos! - para el buen camino del rebaño de Cristo, la oración que, con el anuncio de la Palabra, es el primer deber del Obispo. La Iglesia necesita su compasión sobre todo en estos momentos de dolor y sufrimiento en tantos países del mundo. Expresemos juntos nuestra cercanía espiritual a las comunidades eclesiales y a todos los cristianos que sufren discriminación y persecución. ¡Debemos luchar contra toda discriminación! La Iglesia necesita que recemos por ellos, para que sean fuertes en la fe y sepan reaccionar con el bien ante el mal. Y esta oración nuestra se extiende a todos los hombres y mujeres que padecen injusticia a causa de sus convicciones religiosas.
La Iglesia también necesita de nosotros para que seamos hombres de paz y construyamos la paz con nuestras obras, nuestros deseos, nuestras oraciones: ¡hacer la paz! ¡Artesanos de la paz! por ello imploramos la paz y la reconciliación para los pueblos que en estos tiempos sufren la prueba de la violencia, de la exclusión y de la guerra.
Gracias, queridos hermanos. ¡Gracias! Caminemos juntos tras el Señor, y en medio del Pueblo fiel - del santo Pueblo fiel de Dios - dejémonos convocar cada vez más por él a la Santa Madre Iglesia. ¡Gracias!
Los nuevos cardenales son:
- Arzobispo Pietro Parolin, Secretario de Estado.
-Arzobispo Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo de los Obispos
- Arzobispo Gerhard Ludwig Müller, emérito de Regensburg (Alemania) Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
– Arzobispo Beniamino Stella, Prefecto de la Congregación para el Clero.
-Arzobispo Vincent Nichols, de Westminster (Gran Bretaña).
-Arzobispo Leopoldo José Brenes Solórzano, de Managua (Nicaragua).
-Arzobispo Gérald Cyprien Lacroix, de Québec (Canadá).
-Arzobispo Jean-Pierre Kutwa, de Abidjan (Costa de Marfil).
-Arzobispo Orani João Tempesta, O. Cist., de Río de Janeiro (Brasil).
-Arzobispo Gualtiero Bassetti, de Perugia-Città della Pieve (Italia).
-Arzobispo Mario Aurelio Poli, de Buenos Aires (Argentina).
-Arzobispo Andrew Yeom Soo jung, de Seúl (Corea).
-Arzobispo Ricardo Ezzati Andrello, S.D.B., de Santiago del Chile (Chile).
-Arzobispo Philippe Nakellentuba Ouédraogo, de Ouagadougou (Burkina Faso).
-Arzobispo Orlando B. Quevedo, O.M.I., de Cotabato (Filipinas)
-Arzobispo Chibly Langlois, de Les Cayes (Haití).
Los tres Arzobispos eméritos son:
-Arzobispo Loris Francesco Capovilla, Ex Prelado del Santuario de Loreto (Italia) y ex secretario personal del beato Juan XXIII.
-Arzobispo Fernando Sebastián Aguilar, C.M.F., emérito de Pamplona (España)
-Arzobispo Kelvin Edward Felix, emérito de Castries (Santa Lucía).
viernes, 5 de julio de 2013
La luz de la fe
CARTA
ENCÍCLICA
LUMEN FIDEI
DEL SUMO PONTÍFICE
FRANCISCO
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y A LOS DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA FE
LUMEN FIDEI
DEL SUMO PONTÍFICE
FRANCISCO
A LOS OBISPOS
A LOS PRESBÍTEROS Y A LOS DIÁCONOS
A LAS PERSONAS CONSAGRADAS
Y A TODOS LOS FIELES LAICOS
SOBRE LA FE
1. La luz de la fe: la
tradición de la Iglesia ha
indicado con esta expresión
el gran don traído por
Jesucristo, que en el
Evangelio de san Juan se
presenta con estas palabras:
« Yo he venido al mundo como
luz, y así, el que cree en
mí no quedará en tinieblas »
(Jn 12,46). También san
Pablo se expresa en los
mismos términos: « Pues el
Dios que dijo: “Brille la
luz del seno de las
tinieblas”, ha brillado en
nuestros corazones » (2 Co
4,6). En el mundo pagano,
hambriento de luz, se había
desarrollado el culto al
Sol, al Sol invictus,
invocado a su salida. Pero,
aunque renacía cada día,
resultaba claro que no podía
irradiar su luz sobre toda
la existencia del hombre.
Pues el sol no ilumina toda
la realidad; sus rayos no
pueden llegar hasta las
sombras de la muerte, allí
donde los ojos humanos se
cierran a su luz. « No se ve
que nadie estuviera
dispuesto a morir por su fe
en el sol »[1], decía san
Justino mártir. Conscientes
del vasto horizonte que la
fe les abría, los cristianos
llamaron a Cristo el
verdadero sol, « cuyos rayos
dan la vida »[2]. A Marta, que
llora la muerte de su
hermano Lázaro, le dice
Jesús: « ¿No te he dicho que
si crees verás la gloria de
Dios? » (Jn 11,40). Quien
cree ve; ve con una luz que
ilumina todo el trayecto del
camino, porque llega a
nosotros desde Cristo
resucitado, estrella de la
mañana que no conoce ocaso.
¿Una luz ilusoria?
2. Sin embargo, al hablar de
la fe como luz, podemos oír
la objeción de muchos
contemporáneos nuestros. En
la época moderna se ha
pensado que esa luz podía
bastar para las sociedades
antiguas, pero que ya no
sirve para los tiempos
nuevos, para el hombre
adulto, ufano de su razón,
ávido de explorar el futuro
de una nueva forma. En este
sentido, la fe se veía como
una luz ilusoria, que
impedía al hombre seguir la
audacia del saber. El joven Nietzsche invitaba a su
hermana Elisabeth a
arriesgarse, a « emprender
nuevos caminos… con la
inseguridad de quien procede
autónomamente ». Y añadía: «
Aquí se dividen los caminos
del hombre; si quieres
alcanzar paz en el alma y
felicidad, cree; pero si
quieres ser discípulo de la
verdad, indaga »[3]. Con lo
que creer sería lo contrario
de buscar. A partir de aquí,
Nietzsche critica al
cristianismo por haber
rebajado la existencia
humana, quitando novedad y
aventura a la vida. La fe
sería entonces como un
espejismo que nos impide
avanzar como hombres libres
hacia el futuro.
3. De esta manera, la fe ha
acabado por ser asociada a
la oscuridad. Se ha pensado
poderla conservar,
encontrando para ella un
ámbito que le permita
convivir con la luz de la
razón. El espacio de la fe
se crearía allí donde la luz
de la razón no pudiera
llegar, allí donde el hombre
ya no pudiera tener
certezas. La fe se ha visto
así como un salto que damos
en el vacío, por falta de
luz, movidos por un
sentimiento ciego; o como
una luz subjetiva, capaz
quizá de enardecer el
corazón, de dar consuelo
privado, pero que no se
puede proponer a los demás
como luz objetiva y común
para alumbrar el camino.
Poco a poco, sin embargo, se
ha visto que la luz de la
razón autónoma no logra
iluminar suficientemente el
futuro; al final, éste queda
en la oscuridad, y deja al
hombre con el miedo a lo
desconocido. De este modo,
el hombre ha renunciado a la
búsqueda de una luz grande,
de una verdad grande, y se
ha contentado con pequeñas
luces que alumbran el
instante fugaz, pero que son
incapaces de abrir el
camino. Cuando falta la luz,
todo se vuelve confuso, es
imposible distinguir el bien
del mal, la senda que lleva
a la meta de aquella otra
que nos hace dar vueltas y
vueltas, sin una dirección
fija.
Una luz por
descubrir
4. Por
tanto, es urgente recuperar
el carácter luminoso propio
de la fe, pues cuando su
llama se apaga, todas las
otras luces acaban
languideciendo. Y es que la
característica propia de la
luz de la fe es la capacidad
de iluminar toda la
existencia del hombre.
Porque una luz tan potente
no puede provenir de
nosotros mismos; ha de venir
de una fuente más
primordial, tiene que venir,
en definitiva, de Dios. La
fe nace del encuentro con el
Dios vivo, que nos llama y
nos revela su amor, un amor
que nos precede y en el que
nos podemos apoyar para
estar seguros y construir la
vida. Transformados por este
amor, recibimos ojos nuevos,
experimentamos que en él hay
una gran promesa de plenitud
y se nos abre la mirada al
futuro. La fe, que recibimos
de Dios como don
sobrenatural, se presenta
como luz en el sendero, que
orienta nuestro camino en el
tiempo. Por una parte,
procede del pasado; es la
luz de una memoria fundante,
la memoria de la vida de
Jesús, donde su amor se ha
manifestado totalmente
fiable, capaz de vencer a la
muerte. Pero, al mismo
tiempo, como Jesús ha
resucitado y nos atrae más
allá de la muerte, la fe es
luz que viene del futuro,
que nos desvela vastos
horizontes, y nos lleva más
allá de nuestro « yo »
aislado, hacia la más amplia
comunión. Nos damos cuenta,
por tanto, de que la fe no
habita en la oscuridad, sino
que es luz en nuestras
tinieblas. Dante, en la
Divina Comedia, después de
haber confesado su fe ante
san Pedro, la describe como
una « chispa, / que se
convierte en una llama cada
vez más ardiente / y
centellea en mí, cual
estrella en el cielo »[4].
Deseo hablar precisamente de
esta luz de la fe para que
crezca e ilumine el
presente, y llegue a
convertirse en estrella que
muestre el horizonte de
nuestro camino en un tiempo
en el que el hombre tiene
especialmente necesidad de
luz.
5. El Señor, antes de
su pasión, dijo a Pedro: «
He pedido por ti, para que
tu fe no se apague » (Lc
22,32). Y luego le pidió que
confirmase a sus hermanos en
esa misma fe. Consciente de
la tarea confiada al Sucesor
de Pedro, Benedicto XVI
decidió convocar este
Año de
la fe, un tiempo de gracia
que nos está ayudando a
sentir la gran alegría de
creer, a reavivar la
percepción de la amplitud de
horizontes que la fe nos
desvela, para confesarla en
su unidad e integridad,
fieles a la memoria del
Señor, sostenidos por su
presencia y por la acción
del Espíritu Santo. La
convicción de una fe que
hace grande y plena la vida,
centrada en Cristo y en la
fuerza de su gracia, animaba
la misión de los primeros
cristianos. En las Actas de
los mártires leemos este
diálogo entre el prefecto
romano Rústico y el
cristiano Hierax: « ¿Dónde
están tus padres? »,
pregunta el juez al mártir.
Y éste responde: « Nuestro
verdadero padre es Cristo, y
nuestra madre, la fe en él
»[5]. Para aquellos
cristianos, la fe, en cuanto
encuentro con el Dios vivo
manifestado en Cristo, era
una « madre », porque los
daba a luz, engendraba en
ellos la vida divina, una
nueva experiencia, una
visión luminosa de la
existencia por la que
estaban dispuestos a dar
testimonio público hasta el
final.
6. El Año de la fe
ha comenzado en el 50
aniversario de la apertura
del Concilio Vaticano II.
Esta coincidencia nos
permite ver que el Vaticano
II ha sido un Concilio sobre
la fe[6], en cuanto que nos ha
invitado a poner de nuevo en
el centro de nuestra vida
eclesial y personal el
primado de Dios en Cristo.
Porque la Iglesia nunca
presupone la fe como algo
descontado, sino que sabe
que este don de Dios tiene
que ser alimentado y
robustecido para que siga
guiando su camino. El
Concilio Vaticano II ha
hecho que la fe brille
dentro de la experiencia
humana, recorriendo así los
caminos del hombre
contemporáneo. De este modo,
se ha visto cómo la fe
enriquece la existencia
humana en todas sus
dimensiones.
7. Estas
consideraciones sobre la fe,
en línea con todo lo que el
Magisterio de la Iglesia ha
declarado sobre esta virtud
teologal[7], pretenden sumarse
a lo que el Papa Benedicto
XVI ha escrito en las Cartas
encíclicas sobre la
caridad
y la
esperanza. Él ya había
completado prácticamente una
primera redacción de esta
Carta encíclica sobre la fe.
Se lo agradezco de corazón
y, en la fraternidad de
Cristo, asumo su precioso
trabajo, añadiendo al texto
algunas aportaciones. El
Sucesor de Pedro, ayer, hoy
y siempre, está llamado a «
confirmar a sus hermanos »
en el inconmensurable tesoro
de la fe, que Dios da como
luz sobre el camino de todo
hombre.
En la fe, don de
Dios, virtud sobrenatural
infusa por él, reconocemos
que se nos ha dado un gran
Amor, que se nos ha dirigido
una Palabra buena, y que, si
acogemos esta Palabra, que
es Jesucristo, Palabra
encarnada, el Espíritu Santo
nos transforma, ilumina
nuestro camino hacia el
futuro, y da alas a nuestra
esperanza para recorrerlo
con alegría. Fe, esperanza y
caridad, en admirable
urdimbre, constituyen el
dinamismo de la existencia
cristiana hacia la comunión
plena con Dios. ¿Cuál es la
ruta que la fe nos descubre?
¿De dónde procede su luz
poderosa que permite
iluminar el camino de una
vida lograda y fecunda,
llena de fruto?
para leer la Encíclica completa click aquí: http://www.vatican.va/holy_father/francesco/encyclicals/documents/papa-francesco_20130629_enciclica-lumen-fidei_sp.html
martes, 25 de junio de 2013
miércoles, 20 de marzo de 2013
Francisco llama a los queridos hijos argentinos
Radio Vaticana- El Papa Francisco en estos momentos está saludando a los numerosísimos fieles presentes en la plaza de San Pedro presentes para la Misa del Inicio del Ministerio Petrino del Obispo de Roma.
“Queridos hijos, sé que están en la plaza. Sé que están rezando y haciendo oraciones, las necesito mucho. Es tan lindo rezar. Gracias por eso.
Lo miró con misericordia y lo eligió: el Escudo Pontificio con la devoción a la Virgen Santísima y a San José
El Escudo En los trazos esenciales el Papa Francisco decidió conservar el mismo emblema que mantuvo desde su consagración episcopal, particularmente caracterizado por la sencillez.
(Sigue)
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